¿Y si detrás de una adicción existiera una herida de la infancia que nunca aprendimos a sanar?

Mi experiencia en Perú y Colombia: ayahuasca, heridas emocionales y el papel de la familia en los procesos de recuperación.

¿Qué lleva a un joven a buscar refugio en las drogas? ¿Qué dolor intenta silenciar? ¿Qué sucede dentro de una familia cuando el amor, el miedo y la desesperación se mezclan hasta convertirse en una dinámica de la que parece imposible salir?

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Estas son algunas de las preguntas que me han acompañado durante años en mi camino como terapeuta.

Desde hace casi 27 años, mi compromiso con el acompañamiento humano me ha llevado a estudiar, investigar y conocer diferentes herramientas terapéuticas. Creo que quien decide acompañar el sufrimiento de otras personas tiene una responsabilidad ética y moral: continuar aprendiendo, cuestionar lo que cree saber y reconocer que cada historia humana merece una mirada profunda, respetuosa y libre de juicios.

Durante los últimos diez años he investigado profesionalmente la ayahuasca en Perú y, en los últimos seis años, he viajado una o dos veces por año a Colombia para continuar mi aprendizaje y vivir personalmente esta experiencia ancestral dentro de contextos tradicionales. En este camino también he tenido la oportunidad de acompañar a jóvenes que enfrentan problemas de adicción y a familias que buscan comprender sus heridas emocionales.

Uno de los aprendizajes que más me ha hecho reflexionar surgió en Tarapoto, Perú, al profundizar en la relación entre las heridas de la infancia, las dinámicas familiares y las adicciones.

Hay un tema especialmente delicado: la relación entre una madre y un hijo que atraviesa una adicción.

En muchas familias encontramos madres que han luchado solas, que han criado a sus hijos sin suficiente apoyo emocional o que ellas mismas crecieron sin recibir el cuidado y la orientación que necesitaban. Desde el amor y el miedo a que sus hijos sufran, pueden llegar a protegerlos de todo, resolver sus problemas y asumir responsabilidades que corresponden a ellos.

Muchas veces lo hacen porque no quieren que sus hijos vivan el dolor que ellas conocieron. Sin embargo, cuando la protección se convierte en sobreprotección, puede dificultar que el joven desarrolle autonomía, confianza en sí mismo y capacidad para afrontar las consecuencias de sus decisiones.

Esto no significa que las madres sean culpables de las adicciones. Tampoco significa que la ausencia de un padre determine el destino de un hijo. Las adicciones son complejas y tienen múltiples causas.

Pero sí necesitamos atrevernos a mirar las relaciones familiares, los silencios, los malos tratos, el abandono emocional y las experiencias dolorosas que pueden acompañar a una persona desde su infancia.

A veces, el consumo se convierte en una forma de intentar callar un dolor que la persona no ha aprendido a expresar ni a procesar de otra manera.

Por eso, cuando hablamos de recuperación, no basta con mirar la sustancia. Necesitamos mirar a la persona, su historia y las condiciones emocionales y sociales en las que ha vivido.

La familia también necesita aprender. La madre puede aprender a acompañar sin resolverlo todo; el hijo, a asumir responsabilidades y recuperar su autonomía; y los demás integrantes, a reconocer sus propias heridas y establecer límites saludables.

Sanar en familia no significa encontrar culpables. Significa reconocer lo que nos ha lastimado y construir nuevas formas de relacionarnos.

La ayahuasca es una preparación ancestral de la Amazonía, elaborada habitualmente con la liana Banisteriopsis caapi y, en muchas preparaciones, con hojas de Psychotria viridis. Su uso ceremonial forma parte de diversas tradiciones indígenas y mestizas de países como Perú, Colombia, Ecuador y Brasil.

Su historia está vinculada a conocimientos tradicionales transmitidos durante generaciones. En determinados contextos, las ceremonias se relacionan con la espiritualidad, la introspección y distintas formas culturales de comprender la salud.

A lo largo de mis viajes he buscado conocer estos contextos con respeto, profundizar en sus prácticas y comprender las experiencias que las personas viven durante estos procesos.

Algunas personas describen recuerdos intensos, emociones profundas o nuevas maneras de interpretar aspectos de su vida. Sin embargo, es importante distinguir entre una experiencia subjetivamente significativa y una recuperación clínica demostrada.

Su uso puede implicar riesgos físicos y psicológicos, interacciones peligrosas con ciertos medicamentos y complicaciones en personas con determinadas condiciones de salud. Por eso, la evaluación previa, la información clara, el reconocimiento de contraindicaciones y la posibilidad de recibir atención médica son fundamentales.

Mi convicción es que ninguna práctica ancestral debe estar por encima de la seguridad de una persona.

En la comunidad a la que regreso cada año, el acompañamiento ocupa un lugar importante en mi experiencia. Para mí, el valor de estos viajes no se limita a una ceremonia: también está en el aprendizaje, la escucha, el respeto por los tiempos de cada persona y la atención que requiere un proceso emocional profundo.

Cuando se acompaña a alguien que vive una adicción, es indispensable comprender que no existe una solución única para todos.

La recuperación puede requerir atención médica, apoyo psicológico especializado, intervención en adicciones, acompañamiento familiar y cambios en los hábitos de vida. La alimentación, el descanso, las relaciones afectivas, la estabilidad emocional y el entorno social también merecen atención.

En algunos casos, las experiencias personales pueden abrir preguntas importantes, pero después es necesario trabajar con ellas de manera responsable. La integración psicológica y el seguimiento son relevantes, sin que eso signifique que una ceremonia sustituya un tratamiento.

Para mí, acompañar significa reconocer los límites de cada herramienta, saber cuándo solicitar apoyo de otros profesionales y mantener siempre como prioridad la integridad física y emocional de las personas.

Viajar a Perú y Colombia ha formado parte de mi búsqueda constante de conocimiento. No considero que exista una herramienta capaz de resolver por sí sola toda la complejidad del sufrimiento humano. Creo en la importancia de aprender, investigar, escuchar otras perspectivas y actuar con responsabilidad.

Durante estos años también he tenido la oportunidad de acompañar a jóvenes y familias en acercamientos a la selva y a sus tradiciones ancestrales. Cada historia me recuerda que detrás de una conducta puede existir una persona que necesita ser escuchada, pero también recibir atención adecuada, límites saludables y herramientas concretas para reconstruir su vida.

A quienes sienten interés por conocer estos territorios y sus tradiciones, les comparto que los viajes que organizo cuentan con orientación y acompañamiento. Quienes deseen conocer las condiciones para participar pueden acercarse para recibir información previa. La participación debe ser libre, informada y compatible con las condiciones de salud de cada persona; ninguna experiencia debe sustituir la atención profesional que alguien necesite.

Después de casi 27 años como terapeuta, sigo creyendo que la transformación comienza cuando nos atrevemos a mirar nuestra historia sin quedarnos atrapados en ella.

Sanar las heridas emocionales en familia no significa cambiar el pasado. Significa dejar de repetirlo inconscientemente y aprender a vivir de otra manera.

Quizá una de las preguntas más importantes que podemos hacernos, como padres, madres, hijos y seres humanos, no sea solamente por qué alguien cayó en una adicción, sino qué necesita para recuperar su autonomía, su dignidad y la posibilidad de construir una vida diferente.

Porque detrás de cada adicción hay una historia que merece ser comprendida, una persona que merece respeto y una familia que, cuando existen condiciones seguras, también puede encontrar nuevas formas de sanar.

Y porque acompañar la sanación de otro ser humano es una responsabilidad que exige conocimiento, humildad, sensibilidad y, sobre todo, un profundo respeto por la vida.
Terapeuta Paty Mendoza. Informes 31213349889 Redes sociales

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